viernes, 15 de mayo de 2015
Estudio bíblico de Malaquías 2:13-15
Malaquías 2:13 - 15
Regresamos hoy al capítulo 2, a una sección donde Dios, por medio del profeta, está reprendiendo a Su pueblo escogido; al pueblo de Israel, a causa de sus pecados sociales. Más adelante Él les reprenderá por sus pecados religiosos. Pero aquí, Él trata con los pecados de sus relaciones sociales que tienen que ver con el hogar y con la familia.
Y de manera específica, Dios les acusa, en el versículo 11 de este capítulo 2: Prevaricó Judá, y en Israel y en Jerusalén se ha cometido abominación; porque Judá ha profanado el santuario del Señor que Él amó.
¿Qué fue lo que hicieron ellos para encender la ira y la reprensión de Dios? Bueno, aquí se nos presenta, de una manera llana y clara, que no deja lugar a dudas, en la segunda parte de este mismo versículo 11, dice:
"Y se casó con hija de dios extraño."
Es decir, que no era extraño el casamiento entre israelitas con mujeres que no pertenecían al pueblo de Dios; se estaban formando matrimonios mixtos, porque llegó a ser una práctica muy normal el casarse con mujeres paganas. Ahora, ¿qué pasaban con sus propias esposas? El Señor les dice aquí en el versículo 13 del capítulo 2 de Malaquías que estamos estudiando:
"Y esta otra vez haréis cubrir el altar del Señor de lágrimas, de llanto, y de clamor; así que no miraré más a la ofrenda, para aceptarla con gusto de vuestra mano."
La indiferencia y la apatía espiritual habían llegado a tal punto que se practicaba abiertamente el abandono o el repudio de sus propias esposas, se divorciaban de ellas, para casarse con las muchachas paganas de otros pueblos. A pesar de esta situación, la gente continuaba yendo al Templo para adorar y llevar sacrificios al altar. Y Dios dice: "Así que no miraré más a la ofrenda, para aceptarla con gusto de vuestra mano". Continuamos con el versículo 14:
"Mas diréis: ¿Por qué?"
Otra vez observamos que la gente del pueblo levanta la voz, quizá asombrados o perplejo cuestionando la causa de esa amonestación tan severa de parte de Dios. Mas diréis: ¿Por qué?" Todos se veían como muy cumplidores de la ley, se creían, como se dice "buena gente". ¡Vamos al templo a adorar! Y entonces, el profeta explica claramente el pensamiento de Dios, en este versículo 14, y vamos a leerlo en su totalidad:
"Mas diréis: ¿Por qué? Porque el Señor ha atestiguado entre ti y la mujer de tu juventud, contra la cual has sido desleal, siendo ella tu compañera, y la mujer de tu pacto."
El profeta, al decir la mujer de tu juventud, se refiere claramente a la primera esposa, la abandonada, repudiada o divorciada para lograr un consiguiente casamiento con otra mujer, que no pertenecía al pueblo de Dios.
Algunos expositores bíblicos consideran que el siguiente versículo, el versículo 15 de este capítulo 2 de Malaquías, es el más difícil de todo el libro. La primera parte del versículo 15 comienza con una pregunta:
"¿No hizo él uno?"
Es decir, ¿de qué se estaba hablando, de un hombre, de una mujer? Leamos todo el versículo 15 que dice:
"¿No hizo él uno, habiendo en él abundancia de espíritu? ¿Y por qué uno? Porque buscaba una descendencia para Dios. Guardaos, pues, en vuestro espíritu, y no seáis desleales para con la mujer de vuestra juventud."
Dios, clara y explícitamente les declaró que Su disgusto fue provocado por el cambio de comportamiento y en el estilo de vida que el pueblo había adoptado, contrario al sistema que Él mismo había instaurado como el modelo de sociedad. Él estaba rechazando sus sacrificios, porque se habían producido graves problemas dentro de las familias que minaban las leyes espirituales, morales, y sociales que el Pueblo de Dios debía observar. Había llegado a ser una práctica muy común el dejar a la esposa, "la mujer de su juventud" para poder casarse con mujeres paganas, de pueblos ajenos, que veneraban a dioses ajenos.
En nuestro programa anterior comentamos lo que el Señor Jesucristo dijo y señaló como una razón definitiva y específica para el divorcio. Y esa razón, no era otra que "a causa de la dureza del corazón de los hombres y las mujeres", debido al pecado que había entrado al mundo, pervirtiendo los valores iniciales.
El Apóstol Pablo presentó claramente el tema relacionado de un matrimonio entre un creyente y un incrédulo. El Señor no estaba hablando sobre la situación de un matrimonio mixto, sino que estaba hablando a personas que eran de la misma raza, de un mismo pueblo, y todos se supone, adoraban al mismo Dios. Pero el Apóstol Pablo estaba hablando para los creyentes de Corinto, ya que algunos se habían convertido a Jesucristo cuando ya estaban casados. ¿Y qué es lo que ellos debían hacer? Bueno, si el incrédulo deseaba permanecer con el cónyuge creyente, y juntos deseaban construir un hogar donde reine la paz y armonía, entonces debían continuar. Pero si eso no era posible, si el incrédulo, el no creyente, decidiera apartarse y separarse del creyente, éste no estaba bajo ninguna obligación. Y por esa razón, nosotros creemos que en ese caso se permitiría el divorcio.
Ahora, este pasaje del profeta Malaquías es el pasaje más extenso que tenemos en el Antiguo Testamento sobre el tema del divorcio. Dios no ha dado una base muy amplia para el divorcio bajo la ley, como pudimos observar en nuestro programa anterior, en el capítulo 24 de Deuteronomio. El argumento que Dios presentó en ese capítulo está basado sobre la apreciación, por parte del esposo, si éste encontraba algo indecentes, indecoroso, algo que le desagradaba de su esposa. Esa es sin embargo una expresión genérica que incluye tanto al hombre, como a la mujer. Es decir, que si la mujer encontraba algo indecente en el esposo, también sería aplicable el mismo principio. El divorcio, tan común hoy en día es una experiencia traumática, difícil y muy triste. Muchos sueños y esperanzas se truncan, y se destruyen expectativas, anhelos de amar y ser amado. Un divorcio siempre marca, aunque los protagonistas no siempre lo manifiesten. Nadie toma el paso del matrimonio pensando en un futuro divorcio, pero muchas veces ese resultado negativo casi es previsible. Cuantas experiencias dolorosas se podrían evitar si la futura pareja hubiera escuchado los consejos de advertencia sobre las posibles incompatibilidades, o se hubieran preparado, antes de tomar una decisión tan trascendental.
El matrimonio es una institución que nació en el corazón de Dios, y un matrimonio sano, fuerte y unido es un testimonio que honra el concepto que Dios "inventó" como unidad base para una sociedad equilibrada, compasiva, amorosa y respetuosa.
Regresamos al versículo 15, de este capítulo 2, donde Malaquías pregunta: "¿No hizo Él uno?" Adán y Eva eran uno, por creación y diseño de Dios Creador.
En nuestro programa anterior comentamos que no había ayuda ni compañía idónea para Adán. Él se sentía solo, y no tenía ninguna ayuda del mundo inferior, es decir, del mundo animal. Tampoco pudo encontrar compañía entre los ángeles. Como pudimos ver, Dios tomó entonces una costilla de Adán según el relato bíblico. Pero, ¿por qué no hizo Dios a la mujer del polvo de la tierra como lo había formado a Adán, el hombre? Porque Él quiere enseñarle al hombre que la mujer es parte del hombre. El hombre es sólo una mitad de hombre, sin la mujer. Como alguien comentó poéticamente: la mujer no fue formada con alguna parte de su cabeza, para que fuese superior; tampoco fue sacada de sus pies, para que fuese su sierva. Ella ha sido tomada de su costado, cerca de su corazón, para que fuese su compañera. Eva fue creada para ser su ayuda; juntos, ambos, iban a ser "no solo". Ahora, ¿cómo puede uno más uno, ser igual a uno? Bueno, esa es la aritmética de Dios.
Ahora, en el versículo 23 del capítulo 2 de Génesis, leemos: "Dijo entonces Adán: Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne; esta será llamada Varona, porque del varón fue tomada. En Hebreo la palabra para hombre es "Ish", y para mujer es "Isha". Nosotros le llamamos masculino y femenino. Pero es sencillamente la otra mitad de él, del hombre. Él dijo: Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne; ésta será llamada varona, porque del varón fue tomada. Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán uno y cuando estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban. Esto era antes de sola carne.
Cada matrimonio es una nueva creación, en la que no deben intervenir, ni interferir, los padres o demás familiares o amigos. Serán una sola carne. En realidad, lo que tenemos aquí es que uno más uno es igual a uno. La creación de Eva hizo de Adán un hombre completo. Y la presencia de Adán hizo de Eva una mujer, una mujer completa.
El Apóstol Pablo, escribiendo a los Efesios unos pensamientos relacionados con el testimonio de un hogar cristiano, con recomendaciones para tener una vida llena del Espíritu, dice en el capítulo 5, el versículo 18: No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien, sed llenos del Espíritu, hablando entre vosotros con salmos, con himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones; dando siempre gracias por todo al Dios y Padre, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Y luego, el Apóstol Pablo, sigue diciendo en el versículo 21: Someteos unos a otros en el temor de Dios. Y luego, pasando al versículo 22, dice: Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor. Ahora, él no está hablando de "obediencia", él está hablando de que la esposa tiene que responder a su marido, "dar cuenta" al hombre. Ella es la otra parte del hombre, pero por necesidad de dirección, el hombre es la cabeza de la mujer. Y sigue diciendo el Apóstol: Así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y Él es Su salvador. Así que, como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo. Y esto está basado en el siguiente mandamiento: Maridos, amad a vuestras mujeres. Esta es la clase de esposo al cual ella no tendrá ningún problema en responder, o dar cuenta de sí. El hombre, el creyente, tiene que ser el primero en decirle a la esposa: "Yo te amo". Y entonces, ella responderá: "Yo te amo también". Si ella tiene el esposo apropiado, entonces responderá a ese hombre que la tratará de la manera correcta.
Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella. Creemos que los jóvenes de hoy necesitan mucha más instrucción que la que están recibiendo, y no nos referimos solamente sobre temas relacionados con el sexo, sino también sobre el respeto, la consideración, la diferencia emocional entre un hombre y una mujer, el compartir las tareas del hogar, la educación de los hijos, la economía familiar, etc. En el presente hay una obsesión por el sexo que es aterrador y muy alarmante.
A nuestro alrededor se puede escuchar las voces de personas que, en nombre de la libertad de expresión y la libertad de decisión sobre nuestro cuerpo, señalan que una disciplina y una contención de nuestros instintos nos llevan a tener una personalidad neurótica, inmadura, desconocedora de quién somos o qué necesitamos para ser más felices y realizados. En todas las revistas para adolescentes encontramos columnas de consejos y comentarios sobre cómo deben comportarse y qué cosas deben hacer o evitar.
Se hace la acusación falsa de que la Biblia y la Iglesia han desaprobado el sexo y lo tratan como si fuera un tabú. Hay estudios acerca del aterrador aumento de los divorcios, y los fracasos estrepitosos de los matrimonios. Las causas son varias, dicen, y los argumentos son muy diversos: inmadurez, ignorancia, falta de experiencia, el feminismo, el machismo, la presencia de hijos, la ausencia de los mismos, el trabajo de la mujer fuera de casa, el desempleo de él, etc. Pero pocas veces se lee algo acerca del costoso, desinteresado, reiterado, trabajoso cultivo del amor: como mimarlo y mantener fresca la llama del sentimiento que es más fuerte que la muerte: el amor.
¿Quién fue el que creó el sexo? No fue Hollywood, con sus películas y músicas románticas, aunque quizá ellos piensan que tuvieran mucho que ver. Pero, estimado amigo oyente, fue Dios mismo quien pensó que en este aspecto tan importante del ser humano. Sin embargo, amigo oyente, a pesar de todo el énfasis que se hace sobre el sexo, los divorcios continúan aumentando, y ya es habitual escuchar la historia de la tragedia del matrimonio moderno.
En una publicación se dijo: "Uno de los problemas en este mundo es que la gente confunde al sexo con el amor; al dinero con la inteligencia; y a la radio de transistores con la civilización". Un resumen sencillo, pero elocuente.
La Palabra de Dios trata el tema del sexo con franqueza, y de una manera directa. Nunca ha sido considerado como un tema tabú, sucio, o inmundo. La Biblia es directa y habla trata el sexo usando un lenguaje respetuoso y hasta sublime. Esta es la razón por la cual le hemos dedicado este tiempo, como un paréntesis, al estudiara el libro de Malaquías.
Pensamos que ya es hora de que se escuche a Dios, a lo que Dios tiene que decir sobre este tema, para colocarlo en su lugar correcto. En el principio fue Dios mismo quien creó al hombre y a la mujer. Fue quien trajo la mujer al hombre. Dios los bendijo, y el matrimonio llegó a ser sagrado, santo y puro. Y, amigo oyente, esa es la única relación entre un hombre y una mujer que Dios bendice en esta tierra. Su proyecto era que el matrimonio fuese una unidad de complemento, de ayuda, de una fortaleza mutua, que fuese un refugio cálido y en donde los hijos pudieran crecer salvos y en seguridad, viendo un modelo de compromiso y entrega mutua entre los padres, que ellos a su vez quisieran imitar en sus propias vidas. Ese era Su plan y proyecto al crear al hombre y a la mujer.
Dios quiere que Sus hijos sean felices en sus matrimonios. Él desea cumplir Sus promesas en nuestras vidas, en cada uno de nosotros, si solamente quisiéramos escuchar y confiar en lo que Él nos dice. Permítanos referirnos a un versículo de las Escrituras aquí, y con esto vamos a concluir nuestro programa de hoy. Queremos terminar diciendo esto: Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor. (Apocalipsis 2:4).
Estudio bíblico de Malaquías 2:10-15
Malaquías 2:10 - 15
Vamos a comenzar y retomamos nuestra lectura a partir de donde lo dejamos en el anterior programa, el versículo 10 del segundo capítulo, que dice así:
"¿No tenemos todos un mismo padre? ¿No nos ha creado un mismo Dios? ¿Por qué, pues, nos portamos deslealmente el uno contra el otro, profanando el pacto de nuestros padres?"
En nuestro anterior programa vimos cómo los líderes espirituales de Israel habían cometido pecados ignominiosos e indujeron al pueblo a hacer lo mismo. Los sacerdotes eran los mensajeros de Dios en Israel. No sólo debían representar al pueblo ante Dios, sino que también eran responsables de representar a Dios delante el pueblo, por medio de la enseñanza de la Ley de Moisés ("la Biblia de esa época"), que se aplicaba a todas las esferas de la vida del pueblo. Sin embargo, los sacerdotes del tiempo de Malaquías se apartaron por completo de los parámetros originales de conducta que Dios estableció para Leví y su gente, la denominada "tribu de Leví", escogidos para representar el sagrado oficio de sacerdotes. Su mala conducta hizo que muchos del pueblo tropezaran por su mal ejemplo y su interpretación falsa de la Ley. ¿Cuál fue la consecuencia? La consecuencia resultó en el envío de un profeta de Dios que les advirtió que de persistir en su mala actitud, la vergüenza y degradación más infame caería sobre ellos.
Como veremos en nuestro programa de hoy, los líderes espirituales de Israel cometieron, como hemos visto, pecados graves y dirigieron al pueblo a imitar su modelo de conducta. También quebrantaron los requisitos de la Ley de Dios al profanar la institución del sacerdocio establecido en el libro de Levítico porque decidieron casarse con mujeres extranjeras, divorciándose de las esposas judías de su juventud. Leamos nuevamente el versículo 10, que decía así:
"¿No tenemos todos un mismo padre? ¿No nos ha creado un mismo Dios? ¿Por qué, pues, nos portamos deslealmente el uno contra el otro, profanando el pacto de nuestros padres?"
Aunque Dios es el padre de todos como Creador universal, aquí el enfoque se dirige a Dios como padre de Israel, del pueblo de Su pacto. Y continúa el versículo 11:
"Prevaricó Judá, y en Israel y en Jerusalén se ha cometido abominación; porque Judá ha profanado el santuario del Señor que él amó, y se casó con hija de dios extraño."
Malaquías se refiere aquí a un espinoso asunto que estaba manchando las manos y el corazón de los líderes espirituales del pueblo de Israel; nos referimos al matrimonio de los sacerdotes con esposas paganas, es decir, no israelitas, e idólatras, es decir, adoradores de otros dioses distintos al Dios de Israel.
¿Cómo entró la idolatría en Israel? Para responder esta pregunta debemos retroceder unos cuatro siglos en la historia de Israel, hasta el año 918 a. C, fecha en la que Acab, séptimo rey de Israel ocupó el trono. Acab cometió el error de tomar en matrimonio a una mujer llamada Jezabel, hija del Rey de la ciudad de Tiro, una mujer ambiciosa e idólatra que indujo a su marido al asesinato, y por cuya influencia entró la idolatría en el reino de Israel mediante el culto a Baal y Astoret.
Acab llegó incluso a construir un templo en la ciudad de Samaria dedicado a Baal y se dedicó a perseguir a los profetas de Dios, y dice la Biblia que hizo más para provocar la ira del Señor que todos los reyes anteriores a él. Por causa de Acab, Dios castigó a Israel con tres años de sequía y hambre, hasta que el profeta Elías desafió y eliminó a los sacerdotes de Baal en el Monte Carmelo. Finalmente, cuando el profeta Miqueas predijo su muerte, Acab, intentando burlar el cumplimiento de tan dramática profecía, se disfrazó, procurando no llamar la atención; pero, un soldado del ejército enemigo, tirando al azar, hirió de muerte al Rey y, según había profetizado Elías años antes, su sangre fue lavada sobre su carro en un estanque de Samaria y los perros la lamieron.
Tal y como Malaquías estaba denunciando, el divorcio era moneda de cambio común de los israelitas, que comenzaron a codiciar la belleza y juventud de las mujeres extranjeras.
Continuemos con nuestra lectura y veamos lo que nos dicen los versículos 12 al 15:
"El Señor cortará de las tiendas de Jacob al hombre que hiciere esto, al que vela y al que responde, y al que ofrece ofrenda al Señor de los ejércitos. Y esta otra vez haréis cubrir el altar del Señor de lágrimas, de llanto, y de clamor; así que no miraré más a la ofrenda, para aceptarla con gusto de vuestra mano. Mas diréis: ¿Por qué? Porque el Señor ha atestiguado entre ti y la mujer de tu juventud, contra la cual has sido desleal, siendo ella tu compañera, y la mujer de tu pacto. ¿No hizo él uno, habiendo en él abundancia de espíritu? ¿Y por qué uno? Porque buscaba una descendencia para Dios. Guardaos, pues, en vuestro espíritu, y no seáis desleales para con la mujer de vuestra juventud."
Todos estos versículos hablan del concepto de deslealtad, un concepto clave dado que la lealtad es esencial para el cumplimiento de los pactos entre Dios y los hombres. Y aquí se refiere a la violación de la voluntad de Dios con el divorcio de las esposas judías y la unión con mujeres extranjeras. Dios es el Padre que dio vida a Israel, pero ellos introdujeron la separación al mezclarse con mujeres idólatras de otros pueblos, que adoraban a sus dioses particulares. De ese modo violaron el pacto que Él hizo con sus antepasados para preservar la pureza de un pueblo apartado, por y para Dios.
En la época de Malaquías, cualquier persona que adorara a un ídolo era considerado como un hijo de esa divinidad. A no ser que se convirtieran en seguidoras verdaderas del judaísmo, las mujeres paganas solían llevar a sus esposos a la idolatría; y con esa mezcla de prácticas, rindiendo culto a los dioses de sus nuevas esposas, pero también al Señor, contaminaron la adoración de los israelitas. Los judíos que obraron así, con un casamiento con estas otras mujeres, profanaron el Templo de Dios y su pacto con Él.
De hecho, la violación de esta ley por parte del Rey Salomón, el hijo del rey David, dio entrada libre a la idolatría en Judá. Y profetas como Esdras y Nehemías, al igual que Malaquías, tuvieron que enfrentar esta situación de pecado flagrante.
Ahora, estimados oyentes, el problema que existía en Israel en aquella época, es similar al nuestro hoy en día: el divorcio sigue siendo una verdadera lacra social, porque significa el fracaso de una relación ente dos personas. Hoy en día, en muchos países, las estadísticas revelan que se celebran al año más divorcios que matrimonios. Y las iglesias cristianas no han sido ajenas a esta verdadera epidemia social, ante la cual se han suscitado las más encontradas posiciones y las más encendidas discusiones.
La verdad es que entre los cristianos no existe una única posición respecto a la interpretación de lo que la Biblia dice al respecto. El Señor Jesucristo dejó en claro dos aspectos al respecto: una, que Moisés había permitido el divorcio "a causa de la dureza del corazón" de las gentes. Y que una base muy clara para el divorcio era la fornicación, es decir, la infidelidad por parte del hombre o de la mujer.
Veamos lo que dice un conocido pasaje del Nuevo Testamento. El capítulo 19 del evangelio según Mateo, versículos 3 al 5: "Entonces vinieron a Él los fariseos, tentándole y diciéndole: ¿Es lícito al hombre repudiar a su mujer por cualquier causa? Él, respondiendo, les dijo: ¿No habéis leído que el que los hizo al principio, varón y hembra los hizo, y dijo: Por esto el hombre dejará padre y madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne?"
Sigamos ahora leyendo lo que nos dice el capítulo 19 del evangelio según Mateo, y en los versículos 6 al 8, leemos: "Así que no son ya más dos, sino una sola carne; por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre. Le dijeron: ¿Por qué, pues, mandó Moisés dar carta de divorcio, y repudiarla? Él les dijo: Por la dureza de vuestro corazón - es decir, por la pecaminosa naturaleza del hombre, el divorcio estaba permitido. Y añade lo siguiente: Por la dureza de vuestro corazón Moisés os permitió repudiar a vuestras mujeres; mas al principio no fue así". Y el versículo 9 añade: "Y Yo os digo que cualquiera que repudia a su mujer, salvo por causa de fornicación, y se casa con otra, adultera; y el que se casa con la repudiada, adultera".
Lo importante, para nosotros, es que Cristo dijo que sólo existía una base para el divorcio, y esta era la fornicación, es decir, el adulterio.
El Apóstol Pablo atacó el pecado de la fornicación de una manera muy clara y directa, y lo demuestra uno de los problemas que se le presentó en la iglesia en Corinto. Veamos lo que nos dice en su Primera epístola a los Corintios, capítulo 7. Según algunos, es bastante probable que el Apóstol Pablo fuera viudo y no se hubiera vuelto a casar. En el versículo 9, del capítulo 7 de la Primera Epístola a los Corintios, él dice: "Pero si no tienen don de continencia, cásense, pues mejor es casarse que estarse quemando". En el versículo 10, él agrega: "Pero a los que están unidos en matrimonio, mando, no yo, sino el Señor: Que la mujer no se separe del marido". Es decir, si una mujer estaba casada con un hombre incrédulo o no creyente, bien porque cuando ambos se casaron no eran cristianos, bien porque ella o él se habían hecho cristianos, el apóstol añade: Y si se separa, quédese sin casar, o reconcíliese con su marido; y que el marido no abandone a su mujer. Y luego, continúa: Y a los demás, yo digo, no el Señor: Si algún hermano tiene mujer que no sea creyente, y ella consiente en vivir con él, no la abandone.
La mujer o marido no creyente podría decir: "Bueno, yo no soy cristiana como lo eres tú, y si tú quieres ir y reunirte con los demás cristianos, eso está bien. Pero yo te amo y quiero permanecer contigo". Y Pablo apuntó que un arreglo como este estaba bien. Y luego añadió en el versículo 14: "Porque el marido incrédulo es santificado en la mujer, y la mujer incrédula en el marido; pues de otra manera, vuestros hijos serían inmundos, mientras que ahora son santos. Pero si el incrédulo se separa, sepárese".
Pensamos que esto quiere decir que si el incrédulo quiere irse, y dice: "A mí no me gusta este tipo de matrimonio", y se marcha, sea que se case o no, en una situación así, entonces, nosotros creemos que el hombre o la mujer estaría libre de casarse otra vez.
Y continúa el Apóstol Pablo: Pero si el incrédulo se separa, sepárese; pues no está el hermano o la hermana sujeto a servidumbre en semejante caso. ¿A qué servidumbre se refiere Pablo? A los votos matrimoniales. "Sino que a paz nos llamó Dios".
Nuestra opinión es que si el hogar conyugal es un escenario en el que, en lugar de paz hay guerra constante, una solución transitoria podría ser la separación, como un tiempo en el que ambos cónyuges puedan reflexionar en paz, por separado, para posteriormente, y con la ayuda del pastor de su iglesia o un buen consejero matrimonial cristiano, intentar reconstruir su relación y salvar su matrimonio y su familia. ¿Y por qué no se practica más a menudo esta "opción" porque muchos matrimonios eligen no luchar y directamente actúan y tramitan el denominado "divorcio Express". Pero el divorcio, estimados oyentes, según la Biblia, e insistimos que, según nuestra interpretación, no entra en los planes divinos y sólo puede tener una justificación, la infidelidad o adulterio.
Dios nos ha llamado a vivir en paz, a buscar la paz y a promover la paz: somos pacificadores, no boxeadores en un cuadrilátero, tal y como tristemente sucede en algunos hogares. El hogar no es un lugar para ejercitar la dialéctica agresiva, la pelea verbal, y mucho menos, para cualquier agresión con actos violentos. El hogar debe ser un refugio, una isla en la que todos los miembros puedan sentirse abrigados, resguardados, protegidos, y en donde se ejerce, se disfruta y se enseña el amor, la paciencia y la paz, elementos indispensables para una convivencia en armonía, en respeto y mutuo entendimiento y tolerancia, que son valores que enriquecen a la sociedad. ¡Cuán diferente sería si en el mundo existieran más hogares que pudieran aportar y comunicar esos valores que Dios ya había tenido en Su mente y Su corazón!
¿Qué estableció el patriarca judío Moisés respecto al divorcio? Podemos encontrarlo en el capítulo 24 de Deuteronomio, donde en el versículo 1 leemos lo siguiente: "Cuando alguno tomare mujer y se casare con ella, si no le agradare por haber hallado en ella alguna cosa indecente". Esto significa que si el hombre encontraba que su esposa le había engañado y no era virgen, él podría recurrir al divorcio. Y añade: "Le escribirá carta de divorcio, y se la entregará en su mano, y la despedirá de su casa". Sin embargo, hoy en día, no hace falta exponer causa alguna para recurrir al divorcio, más que algún motivo general, como incompatibilidad, inmadurez, ignorancia, etc. Y cualquier motivo puede ser el detonante de un divorcio. Y muchos de los rabinos, los sacerdotes, estaban enseñando con sus palabras y ejemplo, con mucha ligereza, y falta de compromiso las leyes de Dios.
Ahora, ¿cuál es el idea que Dios tuvo en Su mente, con respecto al hombre? Dios nunca tuvo la intención de que se practicara el divorcio, pero, fue a causa del pecado del hombre que lo permitió. Veamos lo que nos dice Génesis 2:20: Y puso Adán nombre a toda bestia y ave de los cielos, y a todo ganado del campo; mas para Adán no se halló ayuda idónea para él. Como podemos ver, entre toda la creación de Dios, nada había sido creado como para que pudiera completar al hombre. Hasta que llegó Eva, Adán se sintió solo, a pesar de tener a su exclusiva disposición todo lo creado.
En el versículo 21 de este capítulo 2 de Génesis, leemos: "Entonces el señor hizo caer sueño profundo sobre Adán, y mientras éste dormía, tomó una de sus costillas, y cerró la carne en su lugar". Ahora, ¿por qué hizo Dios esto? ¿Por qué no formó a la mujer del polvo de la tierra, tal y como hizo con Adán? Porque ella, aunque diferente, sería como él. Alguien dijo una vez: "Dios no tomó a Eva de la cabeza de Adán para que fuera superior; ni de su pie para que fuera su sirviente, su sierva, sino que la tomó de su costado, de su punto medio, cercano a su corazón para que fuera igual a él, y para que estuviera con él". Y la Escritura no expresa ideal alguno respecto a "la liberación de la mujer", por la sencilla razón de que para Dios, ¡la mujer ya era un ser totalmente libre, e igual al hombre! Para la Biblia la mujer no necesita ser liberada, porque ya es libre. Y no tenemos más que mirar a Jesús y ver el respeto y el cariño con que trataba a las mujeres.
¿Por qué nos hemos apartado del libro de Malaquías? Porque teníamos la intención de mostrarle cómo, por medio de Malaquías, Dios reiteró nuevamente su compromiso con la defensa de la mujer, hasta tal punto que en un pasaje donde Él está tratando de corregir el mal ejemplo de los líderes espirituales de Israel, dedica varios versículos para hablar en exclusiva de este tema: el divorcio y abandono de la mujer judía no era una opción válida.
Estudio bíblico de Malaquías 2:1-9
Malaquías 2:1 - 9
Anteriormente, en el capítulo 1, versículo 6, Dios les había dicho, por boca del profeta: "Oh, sacerdotes, que menospreciáis mi nombre".
¿Por qué habló Malaquías a los sacerdotes de esta manera? Malaquías se dirigió, en primer lugar a los sacerdotes del templo, porque se suponía que ellos eran los que en primera instancia debía servir de ejemplo para el resto de la nación. Sin embargo, en vez de reflejar con sus vidas la integridad y pureza de Dios, fueron los primeros en menospreciar Su nombre, ofreciendo un culto impuro, contaminado, contrario a las leyes que Dios había ordenado.
Retomando ahora nuestra lectura desde el inicio del capítulo 2, leemos en el primer versículo cómo Malaquías vuelve de nuevo su atención hacia los sacerdotes de Dios:
"Ahora, pues, oh sacerdotes, para vosotros es este mandamiento."
Y continúa el versículo 2:
"Si no oyereis, y si no decidís de corazón dar gloria a mi nombre, ha dicho el Señor de los ejércitos, enviaré maldición sobre vosotros, y maldeciré vuestras bendiciones; y aun las he maldecido, porque no os habéis decidido de corazón."
¿Cuál sería el resultado de no glorificar a Dios "de corazón"? El resultado sería una maldición enviada sobre ellos. Y ese es, estimado oyente, un tema recurrente a lo largo de todo el Antiguo Testamento: Bendición por obediencia y maldición por desobediencia: Dios bendice cuando Le obedecemos y no lo hace cuando lo desobedecemos. Así de sencillo, así de claro. Cuando el Señor dice "maldeciré vuestras bendiciones" se refiere no sólo a las bendiciones materiales sino también a todos los beneficios de la gracia de Dios y que incluían, en este caso, las bendiciones pronunciadas por los sacerdotes sobre el pueblo de Israel.
¿Cuál constituía entonces el pecado de los sacerdotes? El pecado principal de los sacerdotes era su evidente desprecio al nombre de Dios. Y en segundo lugar, que, abiertamente y sin disimulo alguno, desobedecían sistemáticamente a Dios. Su actitud ante el pueblo era de pública rebeldía hacia Dios, así como de abierto enfrentamiento hacia su Señor.
Recordemos que muestra inequívoca de su negativa actitud hacia su Dios era el incumplimiento de la pureza de los rituales en los actos de ofrenda y sacrificio, contra lo establecido por el Señor muchos años atrás. Su osadía llegaba incluso a profanar la ley de sacrificar únicamente aquellos animales absolutamente puros y libres de todo defecto, o imperfección. Los sacerdotes se contentaban así ofreciendo a Dios mercancía de segunda, mientras que a los reyes, príncipes y gobernantes terrenales ofrecían sólo lo mejor y de primera calidad.
Amigo oyente, nuestro Dios es un Dios misericordioso y amoroso, pero también es justo y celoso. Y Él castiga el pecado y no tolera la idolatría. Como Dios es justo, tiene el deber de juzgar el pecado. Y como Dios celoso, no tolerará que nadie ajeno a Él reciba culto o adoración. Dios desea ser adorado. Desea ser glorificado. Y no aceptará ser el segundo en ninguna escala de prioridades. Y si lo recuerda, programas atrás, le lanzamos a usted la pregunta retadora de ¿qué lugar ocupa Dios en su escala de prioridades? ¿Es Dios su segunda opción en alguna de sus listas de tareas pendientes?
Recuerde, amigo oyente, que Dios no desea una parte de su tiempo: lo desea todo. Dios no anhela un día dominical de comunión con usted; anhela tener sus 24 hs. al día, 365 días al año. Dios no desea sus ofrendas; le desea usted. Usted es su ofrenda. Si usted quiere, claro. Porque Dios le ha dado a usted la libertad de escoger entre ser un "sacrificio vivo" o, simplemente, poder vivir como bien le plazca. Suya es la elección. Pero ¿sabe una cosa? Normalmente los sacrificios, cuando llegaban al altar, ya estaban muertos, sin vida. ¿Y sabe lo que implica ser, como dice la Biblia, un "sacrificio vivo para Dios"? ¡Que al estar vivo puede escaparse y huir del altar! Por eso, ser un "sacrificio vivo" para Dios significa renunciar a todo y sacrificar al 100% las propias aspiraciones y deseos, aún legítimos, por los de Dios, y permanecer quietos en el altar.
Leamos ahora el versículo 3:
"He aquí, yo os dañaré la sementera, y os echaré al rostro el estiércol, el estiércol de vuestros animales sacrificados, y seréis arrojados juntamente con él."
¿Qué es lo que quiere decir el profeta Malaquías con esto? Este lenguaje tan gráfico muestra cómo veía Dios a los sacerdotes infieles, quienes para Él eran dignos de la humillación más insólita. Normalmente, los desechos de animales eran llevados fuera del campamento para ser quemados. Dios anuncia que de esta manera, los sacerdotes serían desechados y sufrirían humillación además de la pérdida de su cargo. Como podemos ver, el propósito de Dios era sacudir sus anestesiadas conciencias para que abandonaran su complacencia.
Y Dios dice: Yo os dañaré la sementera. En esa época en particular los israelitas estaban disfrutando de unas abundantes cosechas. Y como usted recordará, los sacerdotes recibían un diezmo de cada cosecha, ya fuera en trigo o en cebada o, en verano, en forma de viñas. Y Dios dice: Yo os dañaré la sementera. No recibiréis el diezmo que habéis estado recibiendo. Vuestra abundante provisión se terminada. He aquí, yo os dañaré la sementera, y os echaré al rostro el estiércol. Debemos recordar que se daba a los sacerdotes todas las entrañas de los sacrificios, incluyendo los intestinos, llenos de estiércol. Esta materia inmunda no podía ser utilizada en el sacrificio, y por eso se apartaba. Y lo que Dios decía era, que iba a arrojar dicho estiércol a sus rostros. De esta manera tan gráfica Dios les declara que ellos están tan inmundos como el estiércol, y que no podrán disfrutar de su presencia en el altar sagrado del templo. Y añade: El estiércol de vuestros animales sacrificados, y seréis arrojados juntamente con él.
Continúa el versículo 4:
"Y sabréis que yo os envié este mandamiento, para que fuese mi pacto con Leví, ha dicho el Señor de los ejércitos."
Es decir, los sacerdotes sabrían finalmente cuál sería el precio de la desobediencia, con la más amarga de las experiencias.
Vamos a analizar brevemente este pacto con Leví. Pero antes leeremos los versículos 5 y 6 de este capítulo segundo de Malaquías:
"Mi pacto con él fue de vida y de paz, las cuales cosas yo le di para que me temiera; y tuvo temor de mí, y delante de mi nombre estuvo humillado. La ley de verdad estuvo en su boca, e iniquidad no fue hallada en sus labios; en paz y en justicia anduvo conmigo, y a muchos hizo apartar de la iniquidad."
Veamos ahora la razón por la cual Dios escogió a la tribu israelita de Leví para servir como sacerdotes en su templo. La Biblia nos aclara que Leví era uno de los hijos de Jacob. Cuando Jacob estaba en su lecho de muerte, mandó llamar a sus 12 hijos y cuando estuvieron en su presencia, profetizó sobre cada uno de ellos. Y se refirió a dos de ellos, Simeón y Leví, de manera conjunta. En Génesis 49, versículos 5 y 6, leemos: "Simeón y Leví son hermanos; armas de iniquidad sus armas. En su consejo no entre mi alma, ni mi espíritu se junte en su compañía. Porque en su furor mataron hombres, y en su temeridad desjarretaron toros".
Ahora, en el versículo 7, del mismo capítulo 49 de Génesis, leemos: Maldito su furor, que fue fiero; y su ira, que fue dura. Yo los apartaré en Jacob, y los esparciré en Israel. Ahora, ¿cómo esparcirá a Leví? Llegando a ser la tribu sacerdotal, la denominada tribu de Leví.
Ahora bien, cuando leemos la vida del patriarca judío Moisés, nos encontramos con algo completamente diferente. Moisés, en su lecho de muerte, reunió a las tribus a su alrededor, y lo que en el momento de la muerte de Jacob fueron sólo 12 hombres, ahora eran probablemente en torno a un millón de israelitas, que estaban alrededor de Moisés. Y en Deuteronomio, capítulo 33, versículos 8 al 11, leemos: A Leví dijo: Tu Tumin y tu Urim sean para tu varón piadoso, a quien probaste en Masah, con quien contendiste en las aguas de Meriba, quien dijo de su padre y de su madre: Nunca los he visto; y no reconoció a sus hermanos, ni a sus hijos conoció; pues ellos guardaron tus palabras, y cumplieron tu pacto. Ellos enseñarán tus juicios a Jacob, y tu ley a Israel. Es decir, de esta manera, Dios los constituye como la tribu sacerdotal del pueblo, con la especial y sagrada misión de enseñar a Israel la ley de Dios). Y continúa: Pondrán el incienso delante de ti. O sea que, ellos ofrecerán una oración por los hijos de Israel, y sigue: Y el holocausto sobre tu altar. Bendice, oh Señor, lo que hicieren, y recibe con agrado la obra de sus manos; hiere los lomos de sus enemigos, y de los que lo aborrecieren, para que nunca se levanten.
Este es el pacto que Dios hizo con Leví. Pero tras 70 años de cautividad, Leví no ha aprendido aún la lección. Y en el versículo 5 de este capítulo 2 de Malaquías, leemos:
"Mi pacto con él fue de vida y de paz, las cuales cosas yo le di para que me temiera; y tuvo temor de mí, y delante de mi nombre estuvo humillado."
Este pacto consistía en responsabilidad mutua, porque Dios esperaba la reverencia de ellos a cambio de vida y paz para los sacerdotes. Y como podemos ver, los sacerdotes judíos del tiempo de Malaquías se habían engañado a sí mismos al reclamar los privilegios del pacto, mientras desobedecían sus condiciones. Como si Dios estuviera en la obligación de bendecirlos, aunque ellos rechacen el deber de servirlos. Y en el versículo 6, Dios dice:
"En paz y en justicia anduvo conmigo, y a muchos hizo apartar de la iniquidad."
Es decir, a diferencia de los sacerdotes del tiempo de Malaquías, Aarón, el sacerdote y hermano de Moisés, y los suyos, cumplieron su responsabilidad, temiendo, reverenciando y viviendo una vida piadosa para Dios.
Continuemos con nuestra lectura a partir del versículo 7 de este capítulo 2 de Malaquías:
"Porque los labios del sacerdote han de guardar la sabiduría, y de su boca el pueblo buscará la ley; porque mensajero es del Señor de los ejércitos."
Nuevamente nos encontramos con la palabra "mensajero" o ángel. Los sacerdotes eran los mensajeros de Dios en Israel. Y su responsabilidad era doble, ya que no sólo debían representar al pueblo ante Dios, sino que también eran responsables de representar a Dios ante el pueblo mediante la enseñanza de la Ley de Moisés a la Nación.
Continuemos leyendo los versículos 8 y 9 de este capítulo 2 de Malaquías, que dicen así:
"Mas vosotros os habéis apartado del camino; habéis hecho tropezar a muchos en la ley; habéis corrompido el pacto de Leví, dice el Señor de los ejércitos. Por tanto, yo también os he hecho viles y bajos ante todo el pueblo, así como vosotros no habéis guardado mis caminos, y en la ley hacéis acepción de personas."
Desde luego, amigo oyente, las palabras de Dios no dejan lugar a ninguna duda. Eran un serio aviso hacia aquellos sacerdotes que se habían apartado totalmente de los parámetros originales de comportamiento que Dios le dio a Leví, y por medio de éste, a todos sus descendientes, que representaban el oficio de sacerdotes. Lo que podría considerarse como agravante es la situación mencionada por Dios respecto a que , con su mal ejemplo y falsa interpretación de la Ley, la vergüenza y la degradación más infame cayó sobre ellos.
Queremos despedirnos hoy con una sencilla reflexión, pero que fue olvidada por los sacerdotes de la época de Malaquías: Servimos a Dios, sirviendo a los demás. Aunque el mundo define la grandeza en términos de poder, posición, diseño y fama, Jesús midió la grandeza en términos de servicio y no de estatus. Los sacerdotes de Jerusalén no sirvieron ni a Dios, ni a Su pueblo.
¿Está usted dispuesto a servir al Señor, a Dios, y a Sus hijos? Dios determinará su grandeza, estimado oyente, por el número de personas a la que sirve y no por las que están a su servicio. En las librerías podemos comprobar que hay miles de libros que se han escrito sobre el liderazgo, sobre cómo llegar a ser una persona influyente, fuerte, con éxito, pero son muy pocos que hablan acerca del servicio tal y como Dios lo entiende. Todo el mundo quiere dirigir, ser un líder, un jefe, una persona influyente y poderosa, pero nadie desea ser siervo. Y a menudo Dios probará nuestros corazones pidiéndonos que sirvamos en ciertas maneras que no habíamos planeado, ni esperado. De usted dependerá, querido oyente, si desea servir o ser servido.
Estudio bíblico de Malaquías 1:14-2:2
Malaquías 1:14 - 2:2
este profeta habla al pueblo de Israel, después de su regreso de la cautividad sufrida durante el imperio babilónico.
Nada espectacular está sucediendo. Ellos estaban sencillamente disfrutando un período de paz, las cosas marchaban bien, y la vida tenía una rutina, en la cual trabajaban, iban al reconstruido Templo a adorar, y prosperaban en sus negocios; esa calma prolongada era inusual, fuera de lo común, para esta nación.
El pueblo, en multitudes, iba al templo todos los día, para cumplir con sus habituales obligaciones religiosas. Se podría pensar que esa práctica habitual de acudir y cumplir con todos los preceptos establecido por Dios los había convertido en gente profundamente espiritual, deseosa en agradar a Dios, y así mostrar a las naciones circundantes que el Dios de Israel era diferente. Ciertamente, eran religiosos, pero sus corazones estaban lejos de Dios, como veremos más adelante.
Malaquías, por mandato de Dios, les habló severamente. El pueblo estaba quejoso, insatisfecho. Las quejas que el profeta recogió en su libro revelan la condición lamentable del corazón del pueblo. Dios les dijo muy directamente: "Yo les amo". Pero ellos se mostraron muy arrogantes y despectivos y decían: "nosotros no creemos eso. ¿Cómo sabemos que Tú nos amas?" Y Dios, por medio de Malaquías, les hizo recordar su historia, como Su pueblo, el pueblo con el que había hecho un Pacto, y al que Él había demostrado reiteradamente Su amor y misericordia, desde el llamamiento de Abraham, el padre de la nación hebrea, hasta su condición presente.
Hemos visto en nuestro programa anterior que, a pesar de cumplir con los ritos establecidos por la Ley, el pueblo los realizaban por costumbre, por tradición, pero no había un sentir genuino de amor o respeto a Dios. Aunque practicaban los ritos dados por Dios mismo, ellos los estaban quebrantando continuamente. Se habían acostumbrado a ofrecer a Dios, animales enfermos y cojos; ovejas mutiladas, inválidos y enfermos, un sacrificio totalmente inadecuado que ofendía el corazón de Dios y desvirtuaba totalmente el profundo sentido de los sacrificios que debían ofrendar a Dios. Los sacerdotes, los supuestos líderes espirituales del pueblo habían bajado el listón de la perfección exigida por Dios en las leyes específicas que al respecto les había dado en los tiempos de Moisés.
El sentir espiritual en general se había diluido; todos creían que "con total de cumplir" era suficiente, que Dios al fin y al cabo, no era tan exigente. Y nada más lejos de la verdad. Dios, por medio de sus profetas, reiteradamente, les hizo saber que Él rechazaba sus sacrificios, y no aceptaba esa burla de ofrendas baratas de animales defectuosos, que eran una grave afrenta a Su santidad.
Dios había dicho que ese sacrificio que debían realizar periódicamente señalaba o representaba simbólicamente la futura venida del Mesías, de Cristo, el Cordero de Dios, sin mancha, perfecto, que quitaría el pecado del mundo. Y cuando ellos ofrecían un sacrificio de un animal enfermo, o que sufría algún defecto, esto no representaba a Cristo. El profundo sentido del sacrificio no se cumplía, porque tenía que ser un animal sin mancha, sin defecto alguno. Todo el pueblo había perdido su sensibilidad espiritual, y ya no tenían ningún concepto de la adoración a Dios.
A esa frialdad espiritual había que sumarle un hastío por el cumplimiento de las leyes de Dios, porque entre ellos decían: "¡Ah, que fastidio es esto!" Ellos se quejaban de tener que cumplir con ciertos ritos y ceremonias; tenían apariencia de piedad, pero estaban negando el poder y el amor de Dios. Veamos pues, lo que nos dicen los versículos 13 y 14 de este primer capítulo de Malaquías:
"Habéis además dicho: ¡Oh, qué fastidio es esto! y me despreciáis, dice el Señor de los ejércitos; y trajisteis lo hurtado, o cojo, o enfermo, y presentasteis ofrenda. ¿Aceptaré yo eso de vuestra mano? Dice el Señor. Maldito el que engaña, el que teniendo machos en su rebaño, promete, y sacrifica al Señor lo dañado. Porque yo soy Gran Rey, dice el Señor de los ejércitos, y mi nombre es temible entre las naciones."
Y así es como será algún día, amigo oyente. Tristemente, lo que más ha dañado la reputación o la honra de Dios, ha sido y es el comportamiento, la vida y las acciones de los que dicen ser "cristianos", creyentes, seguidores de Jesucristo. Bueno, el Señor Jesucristo les dijo esto de una manera muy clara y directa a los líderes religiosos de su día, a los fariseos. Él les llamó, sin ningún tipo de diplomacia, "sepulcros blanqueados". Jesucristo los comparó a una hermosa tumba, blanca y limpia por fuera, pero que por dentro guardaba la descomposición de los muertos. Jesucristo llamó a esas personas cumplidoras, "hipócritas".
Ahora, hablemos claramente y de manera directa. ¿Profesamos alguna religión, alguna fe, estimado amigo oyente? ¿Tiene usted a Cristo en su corazón, en su vida? ¿Estamos siendo honrados y honestos cuanto afirmamos que no somos como ese pueblo hebreo, que no somos hipócritas cuando vamos a una iglesia, porque todo lo que hacemos, es por la fe que profesamos? ¿Es la religión, la fe, como un traje dominguero que nos quitamos durante el resto de la semana? ¿Somos genuinamente piadosos, o solamente nos entretenemos con algunas trivialidades piadosas, para quedar bien con la familia, los amigos, con el círculo social al que pertenecemos? ¿Es verdaderamente alguien real para usted? ¿Cuán real es Él para usted, amigo oyente? ¿ Es un mero personaje histórico, fue una buena persona que fue ejemplar, un revolucionario, un héroe, un embaucador? Son preguntas muy importantes que no debe pasar por alto, requieren una respuesta honesta.
Esta gente, el pueblo de Israel que rodeaba a Malaquías, había olvidado la razón de su existencia, por lo que su fe se había acomodado a su situación tranquila y pacífica. Eso les llevó a cuestionarse la vigencia de las leyes dadas por Dios, restar importancia a la fe de sus antepasados, y así, poco a poco entre ellos se instaló la incredulidad. Hasta sus sacerdotes no eran consecuentes con su ministerio, porque permitieron el sacrificio de animales que no cumplían los requisitos mínimos que Dios había establecido por ley. La frialdad que reinaba se hizo patente cuando comenzaron a decir que las prácticas religiosas eran un fastidio. Estaban hartos de ir al templo, cansados de los rituales de sacrificios, hastiados de llevar ofrendas o las primicias a la casa de Dios; sabían que debían cumplir, pero se habían olvidado el por qué, el para qué, y del cómo se debía uno presentarse ante Dios.
El Dr. J. Vernon McGee, autor de estos estudios bíblicos, decía que por un período de 21 años fue Pastor de una gran iglesia donde el promedio de asistencia a los estudios bíblicos los días jueves por la noche, era de unas mil quinientas personas. El Dr. McGee siempre daba gracias a Dios por eso, pero cuando alguna persona se acercaba, le daba unas palmadas en la espalda y le felicitaba por ese éxito de audiencia, él siempre hacía lo mismo: llevaba a esa persona afuera del edificio, para que contemplara la ciudad, donde vivían más de doscientas mil personas, y le comentaba que con esa numerosa población "nuestro promedio no es muy alto, ¿verdad?"
La mayoría de los habitantes de esa ciudad eran miembros de alguna iglesia. La mayoría iba al menos una vez al año a su iglesia, pero más veces acudían a los estadios donde se celebraban apasionados encuentros de fútbol. Ahora, esta gente podía pasar el tiempo en el estadio los domingos por la tarde, hacer cola, gastar dinero en las entradas, pero era prácticamente imposible verlos en la iglesia más veces al año. Pero, nos llamamos "cristianos" y por supuesto esperamos que Dios acuda cuando lo necesitamos. A ese estilo de vida se le denomina "un cristianismo light" sin fuerza ni credibilidad. Hay muchas personas a las que les gusta "jugar" o "pretender" ser cristianos, pero todo se queda en un mero juego. Y hay muchas personas que se divierten jugando a ir a la iglesia.
El autor de estos estudios bíblicos, el Dr. J. Vernon McGee, contaba que cuando él terminó sus estudios de Teología y se recibió como "ministro del evangelio", la persona que le otorgó su titulación, destacó en su intervención tres obstáculos que todo cristiano que quiere llevar ese título con honra, y que quiere crecer y llegar a ser un cristiano maduro, debe vencer: Bueno, el número uno es la pereza. Por qué? Porque nos acomodamos con los conocimientos más básicos que hemos aprendido y creemos que con eso ya hemos cumplido, pero no tenemos suficiente amor por el estudio de la Palabra de Dios. Y es necesario que uno ame la Palabra de Dios. Esa es la razón por la cual la Biblia es un Libro diferente a cualquier otro libro. A cualquier otro libro uno tiene que leerlo, o al menos comprenderlo, antes de poder amarlo. Pero, amigo oyente, es necesario amar la Palabra de Dios antes de poder comprenderla. Él Espíritu de Dios no la enseña a personas perezosas.
Ahora, el segundo obstáculo para el crecimiento adecuado de un cristiano es el orgullo espiritual. El orgullo puede manifestarse de muchas formas diferentes, y entre ellas está la soberbia, la autosuficiencia y la codicia. La soberbia y la auto suficiencia espiritual son características de una gran inmadurez espiritual, como también lo es el codiciar conocimientos con el simple propósito de adquirir fama de ser un buen conocedor de la Palabra de Dios, el de tener o pretender tener todas las respuestas.
Ahora, el tercer obstáculo para nuestro crecimiento espiritual y el de los que nos rodean es proyectar con nuestras actitudes y nuestro estilo de vida de que el verdadero cristianismo es monótono y aburrido. No necesitamos tener un carisma especial, pero no hay ninguna excusa para ser una persona apática, ser demasiado prosaico, sin color y sin brillo. Pensemos en este ejemplo: un gran escritor de obras teatrales no escribe nada sin pensar, sin tomarse el debido tiempo en meditar la trama, los personajes, el ritmo, el vocabulario, etc. Podemos pensar en un gran escritor como Cervantes, por ejemplo. Él no escribió sus obras sin dedicarles tiempo. Fue en realidad un genio de la pluma. Y cuando asistimos a una representación de una obra teatral, comprobamos que todos los actores conocen el texto de su obra de memoria. Están repitiendo todo lo que el escritor ha intentado comunicar al escribir esa obra. Los actores trabajan mucho tiempo, practican, se esfuerzan en aprender todos los matices que su personaje debe reflejar, y las representan como si ellos mismos fueran la encarnación de esos personajes. ¿Por qué? Porque han trabajado mucho, han practicado mucho, y entonces pueden dar una buena representación.
Estimado amigo oyente, si un actor puede dedicar todo este tiempo a su tarea, a su vocación ¿por qué no podemos nosotros dedicar el máximo de tiempo a la Palabra de Dios? Dios está diciendo aquí, en nuestro estudio de hoy, que la gente le despreciaba cuando trataba los temas espirituales con tanta ligereza, con frivolidad y dejadez. Volviendo ahora a Malaquías vemos que en el versículo 14 de este capítulo 1, dice:
"Maldito el que engaña, el que teniendo machos en su rebaño, promete, y sacrifica al Señor lo dañado. Porque yo soy Gran Rey, dice el Señor Jehová de los ejércitos, y mi nombre es temible entre las naciones."
Aquí tenemos un asunto muy delicado y muy negativo. La gente en el tiempo de Malaquías, el pueblo de Israel, hacía promesas a Dios. Quizá usted recuerda que enfatizamos este tema cuando estudiamos el libro de Levítico, y volvimos a mencionarlo cuando meditábamos en el libro de Proverbios. Dios no quiere que Le prometamos algo, a no ser que lo vayamos a cumplir. Si usted le promete algo a Dios, es mejor que lo cumpla, estimado amigo oyente, porque Dios toma las promesas muy en serio. Si usted le promete dar algo a Dios, hágalo sin demora. Dios no nos pide que Le hagamos una promesa. Una promesa es algo voluntario, surge de uno mismo. Así que, cuando usted le promete algo a Dios, es mejor que lo cumpla, amigo oyente.
Hay personas que hacen promesas de esta manera, y dicen: "Bueno, vamos a tener una buena cosecha este año, o, voy a tener un aumento de mi salario; Le voy a dar más al Señor, no sólo el diezmo, sino que voy a dar algo más, como ofrenda al Señor". Pero cuando llega el tiempo de la cosecha, y ésta viene en abundancia, cuando llega el esperado aumento de sueldo, y en lugar de dar lo que han prometieron, se lo guardan para sí mismos, eso es como robar a Dios. Tengamos mucho cuidado con lo que prometemos al Señor, a menos que hayamos decidió cumplir nuestra promesa.
Bien, con esto llegamos al fin del capítulo 1, y tenemos tiempo solamente para poner nuestro pie en el umbral del capítulo 2. Pero, antes de llegar a esa sección, quisiéramos mencionar algo sobre los dos últimos versículos del capítulo 1. El versículo 13, dice:
"Habéis además dicho: ¡Oh, qué fastidio es esto!"
Esta manera de expresarse y de sentirse hastiados y hartos agravaba mucho más aún la triste condición espiritual en la que el pueblo de Dios se encontraban. Lo que la gente decía en realidad era, que Dios les fastidiaba. Cuando el corazón, los sentimientos y las emociones no son auténticos, y por obligación hay que fingir una devoción que no es real, entonces cualquier manifestación espiritual se convierte en un gran estorbo, en un enorme fastidio. Curiosamente esa gente pensaba que algo le pasaba a Dios. Nunca se les ocurrió pensar que lo malo estaba en ellos, dentro de ellos. Tenían apariencia de piedad, pero estaban negando la eficacia de esa piedad, trayendo lo hurtado, o cojo, o enfermo a la presencia de Dios en el Templo.
Observemos el versículo 14, que describe la pobre situación espiritual era la causante que les cegaba a las realidad de la santidad de Dios, al ofrecerle aquello que no estaba en perfectas condiciones, como Dios lo demandaba. Leamos una vez más el versículo 14 de este capítulo 1 de Malaquías:
"Maldito el que engaña, el que teniendo machos en su rebaño, promete, y sacrifica al Señor lo dañado. Porque yo soy Gran Rey, dice el Señor Jehová de los ejércitos, y mi nombre es temible entre las naciones."
Y bien, llegamos ahora sí al capítulo 2, y tenemos otra sección, que continúa tratando con los sacerdotes. Ellos habían sido reprendidos por Malaquías, por su profanación de las ceremonias, de los sacrificios, de la interpretación ligera de La Ley. Ahora, la palabra "profano" proviene de "fanus" que significa "templo". Pro - para o por el templo, o también contra el templo. Así es que, en realidad, en lugar de estar sirviendo a Dios, ellos estaban fomentando el desprecio hacia Dios, humillando a Dios en cada ceremonia, en cada sacrificio que realizaban en el Templo. Veamos lo que nos dicen los primeros dos versículos del capítulo 2 de Malaquías:
"Ahora, pues, oh sacerdotes, para vosotros es este mandamiento. Si no oyereis, y si no decidís de corazón dar gloria a mi nombre, ha dicho el Señor de los ejércitos, enviaré maldición sobre vosotros, y maldeciré vuestras bendiciones; y aun las he maldecido, porque no os habéis decidido de corazón."
Es decir, que ellos, los sacerdotes, los supuestos líderes espirituales del pueblo hebreo no estaban tomando su profesión en serio. Por ello, Dios va a juzgarlo de una manera mucho más severa que al resto de la gente. ¿Por qué? Porque estaban ocupando un lugar de responsabilidad, y porque estaban permitiendo que existiera esta condición tan sórdida. Ellos estaban cerrando sus ojos al hecho de que la gente estaba ofreciendo estos sacrificios de animales enfermos, aunque Dios les había dado a ellos la ley de la verdad. Ellos tenían el privilegio de servirle y de transmitir el mensaje de Dios, pero estaban fallando con desidia y abandono en sus responsabilidades.
Estudio bíblico de Malaquías 1:8-13
Malaquías 1:8 - 13
Estamos ante un pequeño libro muy dinámico, de prosa brillante y argumento sumamente interesante. Después de la época de Malaquías sucedieron muchas eventos en el pueblo de Israel, pero Dios no volvió a comunicarse con Su pueblo durante un largo periodo de 400 años, que finalizó con la aparición, profetizada cientos de años antes, de Juan el Bautista, quien preparó el terreno para la llegada del Mesías, Jesús de Nazaret.
En nuestro programa anterior comentamos que nada sabemos de este personaje llamado Malaquías, salvo que Dios lo dirigió a profetizar a la nación de Israel unos cien años después de haber regresado del exilio en Babilonia. Si bien, tras el retorno a su país, el pueblo se había entusiasmado con la idea de reedificar Jerusalén, de levantar el Templo y restaurar el sistema antiguo de culto, su celo pronto comenzó a desvanecerse. Empezaron a cuestionarse la providencia de Dios y su fe degeneró, poco a poco, en cinismo y apatía espiritual.
Como comentamos en anteriores programas, hacía ya unos 100 años que el pueblo había regresado a su país. Lejos habían quedado ya la experiencia de la esclavitud y la cautividad en la imponente Babilonia. Poco a poco y a base de mucho esfuerzo, los judíos habían vuelto a habitar Jerusalén y sus alrededores, a comerciar y a prosperar. Su templo, ya reconstruido, había retomado los ritos y ceremoniales de antaño. Sin embargo, sus corazones se llenaron con incredulidad y de apatía, llegando hasta el cinismo de ofrecer sus ofrendas en rituales impuros que resultaba una dolorosa e inaceptable afrenta para Dios.
Recordemos algo que ya mencionamos en nuestro programa anterior, veamos como muestra, el diálogo divino que tiene lugar al comienzo del libro. En el capítulo 1 versículo 2, Dios les dice: Yo os he amado, dice el Señor. A lo que ellos le responden: ¿en qué nos amaste?, es decir, "Nosotros no creemos que Tú nos hayas amado realmente". Esa es la misma frase que podemos escuchar con cierta frecuencia hoy, en nuestros días, en la actualidad, tanto de labios de personas que asisten a una iglesia y se consideran cristianos, como también de aquellos que no conocen a Dios, ni quieren saber nada de Él. En un contexto religioso cristiano se menciona a menudo que "Dios es amor", lo cual supone una afirmación bastante abstracta. Aquí, Dios no les dice al pueblo de Israel que Él es amor. Sino que les dice: Yo os he amado. "Yo lo he demostrado".
Y si miramos la historia del pueblo israelita, podremos apreciar que es más que evidente que Dios amó y cuidó a la nación judía desde sus comienzos. Y la elección del patriarca judío Jacob sobre su hermano Esaú, revela cómo Dios aborrecía los descendientes de este último a causa de su idolatría, hasta tal punto que Dios la hizo desaparecer de la faz de la tierra. Pero los israelitas no parecían apreciar esta elección divina. Dios, acercándose nuevamente a ellos, les dice: El hijo honra al padre. (Malaquías 1:6). Él usa esta ilustración: El hijo honra al Padre, y el siervo a su señor. "No me estáis honrando", estaba diciéndoles Dios, porque el pueblo se había vuelto arrogante, egoísta, egocéntrico y confiaba en sus propios recursos.
Nos preguntamos: Y no es esta misma actitud la que encontramos en numerosas personas? Personas que no desean escuchar, no quieren ser incomodadas y mucho menos, cambiar de rumbo sus vidas, porque eso implicaría un cambio de hábitos y un estilo de vida diferente.
Más adelante, en la lectura del profeta, podemos ver cómo continúa el diálogo entre Dios y los israelitas: Vosotros menospreciáis mi nombre. (Malaquías 1:6). La respuesta de ellos es de rechazo, mostrándose heridos y lastimados, seguros de que sus numerosos sacrificios y complejos rituales podían, de algún modo, agradar y aplacar la ira de Dios. Pero Dios, que no mira las apariencias sino los corazones, sabía que la aparente religiosidad de Sus hijos ocultaba un profundo desprecio y desconfianza hacia Dios, envuelta en una falsa espiritualidad. Una vez más Dios asiste, con dolor e ira, al alejamiento y frialdad de Su pueblo.
Pero Dios, con infinita paciencia, intenta hacerles reflexionar: ¿cómo pueden ellos menospreciar Su nombre en su propio Templo, al cual acuden regularmente para ofrendar y hacer sacrificios en Su nombre? Dios les reprocha, sin embargo, su mala actitud: mientras invocan Su nombre, ofrecen en sacrificio pan inmundo, siendo éste una alusión a todo sacrificio que se colocaba sobre el altar. Por todo ello, Dios les dice:
"Asimismo cuando ofrecéis el cojo o el enfermo, ¿no es malo? Preséntalo, pues, a tu príncipe; ¿acaso se agradará de ti, o le serás acepto? dice el Señor de los ejércitos."
Dios continúa su discurso: Sus hijos temen más a los hombres poderosos, como los príncipes, a quiénes jamás se les ocurrirían ofrendarle cosas defectuosas, que lo estaban haciendo con Él. Con una pregunta llena de ironía, Malaquías, por mandato de Dios, les reprocha que no tienen reparo alguno en realizar ofrendas "defectuosas" o impuras al mismísimo Dios, pero serían capaces de entregar lo mejor de sus bienes a los gobernantes.
Leamos lo que Dios dictó a su pueblo en el libro de Levítico, capítulo 22, versículos 20 al 23: Ninguna cosa en que haya defecto ofreceréis, porque no será acepto por vosotros. Así mismo, cuando alguno ofreciere sacrificio en ofrenda de paz al Señor para cumplir un voto, o como ofrenda voluntaria, sea de vacas o de ovejas, para que sea aceptado, será sin defecto Ciego, perniquebrado, mutilado, verrugoso, sarnoso o roñoso, no ofreceréis estos al Señor, ni de ellos pondréis ofrenda encendida sobre el altar del Señor. Buey o carnero que tenga de más o de menos, podrás ofrecer por ofrenda voluntaria; pero en pago de voto no será acepto.
Dios, perfecto, puro y tres veces santo, no puede aceptar sacrificios u ofrendas impuras. Y cada sacrificio que le ofrecían sus propios hijos representaba un doloroso e inaceptable insulto hacia Él. De la misma manera, hoy día hay personas que ofrecen recursos a sus iglesias de manera incorrecta, es decir, con un corazón no entregado o alejado de Dios; y a la hora de ofrendar diezmos, ofrendas o limosnas, dan "de lo que les sobra", de lo que no necesitan, como un mero formulismo, para lavar su conciencia ante Dios. Pero Dios no ve las apariencias; Dios mira el corazón. Dicen las Escrituras que Dios ama al dador alegre, y una ofrenda hecha con el corazón en un acto de adoración a Dios, en el que Él se complace y la persona es bendecida.
De la misma manera, podemos leer en el capítulo 15 de Deuteronomio, versículo 21: Y si hubiere en él defecto, si fuere ciego, o cojo, o hubiere en él cualquier falta, no lo sacrificarás al Señor tu Dios.
¿Cuántas de nuestras ofrendas son aceptables ante Dios? Gracias a Jesucristo, que fue sacrificado en la cruz por nosotros ya no tenemos que ofrecer sacrificios de animales a Dios para aplacar Su ira, Su justicia. Sin embargo, la palabra "sacrificio" implica que la persona que "sacrifica algo" está renunciando a algo que le pertenecía, y de alguna manera ello implica un esfuerzo: de ahí la expresión "me estoy sacrificando para lograr esto o lo otro", implica una renuncia.
Por ello, le invitamos a preguntarse si lo que usted ofrenda, sea tiempo, dinero, etc. le está o no suponiendo "un sacrificio". Y en caso negativo, tal vez debería preguntarse si está usted dando de aquello que le sobra y no necesita, con lo cual su ofrenda es incompleta, parcial e inconclusa: Si ofrendar no le supone un coste, tal vez la ofrenda no es un sacrificio para usted.
Sigamos adelante con nuestra lectura, en el versículo 9 de este capítulo 1 de Malaquías, dice:
"Ahora, pues, orad por el favor de Dios, para que tenga piedad de nosotros. Pero ¿cómo podéis agradarle, si hacéis estas cosas? dice el Señor de los ejércitos."
Esta invitación al arrepentimiento debe entenderse en sentido irónico: ¿Cómo podían esperar que Dios extendiera Su gracia y perdón mientras ellos lo insultaban con sacrificios inaceptables? Leamos el versículo 10:
"¿Quién también hay de vosotros que cierre las puertas o alumbre mi altar de balde? Yo no tengo complacencia en vosotros, dice el Señor de los ejércitos, ni de vuestra mano aceptaré ofrenda."
Dios habla aquí en primera persona y expresa su deseo de que alguien cierre las puertas del templo para impedir la presentación inútil e hipócrita de sacrificios. Parece mejor interrumpir todos los sacrificios que presentar ofrendas fingidas. Dios dice: "Todos vuestros rituales son vanos y no tienen valor alguno para mí; no los acepto". Y continúa diciendo el versículo 11:
"Porque desde donde el sol nace hasta donde se pone, es grande mi nombre entre las naciones; y en todo lugar se ofrece a mi nombre incienso y ofrenda limpia, porque grande es mi nombre entre las naciones, dice el Señor de los ejércitos."
De manera consciente y voluntaria, Israel estaba desprestigiando el nombre de Dios, por la forma en que Le estaban sirviendo. Nada más lejos, que el esplendor ceremonial y los corazones llenos de gratitud de los rituales que, años atrás, presenció la reina de Saba en su visita a Salomón, la cual quedó gratamente impresionada por su devoción a Dios.
Ahora, en cambio, todo resultaba en un frío y vacío formalismo y Dios dice, dos veces en el mismo versículo: Es grande mi nombre entre las naciones. Dios alude a Su poder sobre toda la tierra, como indica en la siguiente frase: "En todo lugar se ofrece a mi nombre incienso y ofrenda limpia", que parece referirse al futuro reino milenial de Cristo en la tierra, en Su Segunda Venida. El celo de Malaquías por los sacrificios de Israel, al lado de la actitud negativa hacia los extranjeros y sus dioses, apunta a esta era milenaria, al Reino del Milenio, cuando los judíos adorarán en su templo reconstruido y presentarán tanto ofrendas, como incienso. En aquel tiempo, y no antes, el Señor recibirá adoración sincera a lo largo y ancho del mundo, y Su nombre será adorado en todas partes.
Y en los versículos 12 y 13 leemos lo siguiente:
"Y vosotros lo habéis profanado cuando decís: Inmunda es la mesa del Señor, y cuando decís que su alimento es despreciable. Habéis además dicho: ¡Oh, qué fastidio es esto! y me despreciáis, dice el Señor de los ejércitos"
Malaquías repite aquí la reprensión de los versículos anteriores 7 y 8: los sacerdotes se habían cansado de cumplir los requisitos exactos de los sacrificios y, aunque no habían expresado de forma literal que la mesa del Señor (el altar de los sacrificios) era una ceremonia anticuada, obsoleta o sin sentido, los expresaron en la práctica, porque rehusaron dirigir al pueblo a ser reverentes y ofrecer lo mejor de sí al Señor. En consecuencia, su ejemplo, su actitud y sus acciones profanaban el altar y eran un insulto para el Señor, razón por la cual sus ofrendas fueron rechazadas por Él.
¿Qué actitud tenían los sacerdotes, los supuestos líderes espirituales de la nación, hacia el culto a su Dios? Dice Miqueas que era la siguiente: Habéis además dicho: ¡Oh, qué fastidio es esto! ¿Cuándo sucede este tipo de actitud y de pensamientos? Cuando uno no tiene el corazón puesto en lo que hace, todo llega a parecerle fastidioso, cansino y aburrido. Es como cuando uno se fija en las caras de las personas que se dirigen al trabajo un lunes por la mañana: caras largas, tristes, sombrías, somnolientas, llenas de fastidio, por tener que ir a trabajar. Porque lo peor que le puede pasar a una persona es tener que realizar una tarea que no le gusta hacer. Las horas pasan lentamente y la jornada laborar parece hacerse eterna. ¿No hemos tenido todos esta misma sensación, en algún momento de nuestras vidas? Por otro lado, sucede lo contrario cuando realizamos tareas y funciones que nos gustan, que nos "llenan", que nos resultan interesantes. Y en este tipo de trabajos ponemos no sólo nuestra mente, sino también nuestro corazón; y lo realizamos con cuidado y mimo, con calidad y excelencia.
Y de la misma manera, para algunas personas, ir a la iglesia resulta tan apasionante como una visita al dentista. Y lo peor es que es ¡sin anestesia!
Por esta razón, en numerosas iglesias sus líderes se devanan los sesos intentando diseñar programas interesantes y atractivos, con el fin de atraer a más personas. Porque la triste realidad es que mucha gente acudirá a la iglesia para participar en un programa atractivo, cuando en realidad, Jesús es lo más atractivo que podrían encontrar para sí. ¿Qué busca usted, estimado amigo oyente en una iglesia? ¿Un buen ambiente de compañerismo con otros cristianos, sesudos estudios bíblicos, atractivos programas para niños, una excelente música? ¿O acude buscando a Jesús? ¿Tiene usted hambre de Jesús o sólo de las bendiciones de Jesús? ¿Busca usted la presencia de Dios, o el bolsillo lleno de "regalos" de Dios, como si se tratara de un papa Noel?
Discúlpenos estas provocativas reflexiones, pero ya comentamos en nuestro anterior programa que la Palabra de Dios está llena de reflexiones que no dejan a nadie indiferente. Y Malaquías era un profeta que no dejaba indiferente a nadie: su mensaje fue claro, honesto y directo: Dios no espera ritos de usted, Él espera todo de usted. Dios no quiere sus ofrendas. Lo quiere TODO de usted. Dios no se conforma con que le dedique el domingo. Quiere los siete días de la semana; los 365 días del año. Dios no se conforma con "los restos", con lo que le sobra, con lo que no le supone sacrificio alguno. Porque Dios anhela tener el 100% de nosotros, y no se va a conformar con menos. ¿Cuánto anhela usted tener de Dios? ¿Se conformará con guardar las apariencias, tal y como hicieron los sacerdotes de la época de Malaquías? ¿Se conformará usted con alimentarse de las migajas que caen de Su mesa o, por el contrario, luchará por tener una comunión íntima y privilegiada con su Dios y sentarse junto a Él en Su mesa y comer de Su pan y beber de su vino?
¿Piensa usted que Dios es aburrido, lejano y que no se interesa por usted? Si usted piensa esto, querido amigo, está muy equivocado, pues en realidad, sucede todo lo contrario: Dios es apasionado, y por eso anhela desesperadamente mantener una relación de amor con usted, una relación de íntima amistad, tal y como la tuvo con Moisés, o con Noé. La Biblia entera habla de esto; la Biblia, de principio hasta el final, es una declaración de amor de Dios hacia el hombre y la mujer.
En el pasado, los cristianos puritanos acostumbraban a sentarse en troncos de árboles y allí escuchaban la Palabra durante dos horas seguidas. Hoy los amantes del deporte son capaces de esperar, haciendo cola por unas entradas, por tres horas, o de estar dos horas saltando y gritando durante un partido de fútbol. Los fans pasan frío o calor, aguantan sin comer ni beber, se mojan con la lluvia o pagan una buena cantidad de dinero, con tal de ver, sentir y disfrutar un buen encuentro deportivo.
Pero, no aguantan los 90 minutos de un culto en una iglesia. O apenas ofrendan dinero para el mantenimiento del local. O se quejan del coste de un evento organizado.
¿Dónde están nuestras prioridades, estimado amigo? ¿En qué momento de nuestra vida dejamos de ser "fans" de Jesús para convertirnos en "fans fanáticos" del mando a distancia, de un programa de la televisión o de un equipo deportivo? ¿Dónde están sus prioridades, querido amigo? Porque la buena noticia es que aunque usted no lo sea, o no lo crea, Jesús sigue siendo un fan suyo. Tanto, que murió en una cruz por usted. Tanto, que lo dio todo por pasar toda la Eternidad junto, a usted. ¿Dónde están sus prioridades? Porque donde estén sus prioridades, allí estará su corazón.
Estudio bíblico de Malaquías 1:4-8
Malaquías 1:4 - 8
Recordemos que nuestro estudio se centra en el último libro del Antiguo Testamento, tras el cual, Dios no volvió a hablar al hombre por un largo periodo de silencio de 400 años. Este aparente vacío silencioso de la voz de Dios finalizó con la aparición, profetizada cientos de años antes, de Juan el Bautista, quien preparó el terreno para la llegada del Mesías, Jesús de Nazaret. Los profetas de la Biblia, cuyos 17 libros usted puede encontrar agrupados al final del Antiguo Testamento, eran portavoces divinamente elegidos que recibían y comunicaban el mensaje de Dios.
Ya comentamos en nuestro programa anterior, que nada sabemos de este personaje, del profeta Malaquías, salvo que Dios lo dirigió a profetizar a la nación de Israel unos cien años después de haber regresado del exilio en Babilonia. Si bien, tras el retorno a su país, el pueblo se había entusiasmado con la idea de reedificar Jerusalén y su templo, como también restaurar el sistema antiguo de culto, pero, su celo pronto comenzó a desvanecerse. Comenzaron a cuestionarse la providencia de Dios y su fe degeneró, poco a poco, en un crudo cinismo y una profunda apatía espiritual.
También adelantamos en nuestro anterior programa que el profeta Malaquías poseía un afilado sentido del humor. Su método de preguntas y respuestas persigue despertar las cauterizadas conciencias de sus hermanos de sangre. Las cuestiones que, en tono valiente y desafiante plantea a sus oyente, tienen como objeto colocar un espejo ante sus ojos, para que puedan observar la imagen que éstos tienen ante Dios.
Releamos el versículo 2, que dice así:
"Yo os he amado, dice el Señor; y dijisteis: ¿En qué nos amaste? ¿No era Esaú hermano de Jacob? dice el Señor. Y amé a Jacob, y a Esaú aborrecí, y convertí sus montes en desolación, y abandoné su heredad para los chacales del desierto."
Y continuando con nuestra lectura a partir del versículo 4:
"Cuando Edom dijere: Nos hemos empobrecido, pero volveremos a edificar lo arruinado; así ha dicho el Señor de los ejércitos: Ellos edificarán, y yo destruiré; y les llamarán territorio de impiedad, y pueblo contra el cual el Señor está indignado para siempre. Y vuestros ojos lo verán, y diréis: Sea el Señor engrandecido más allá de los límites de Israel."
Mediante estas palabras Dios les recuerda claramente su gran privilegio como nación escogida sobre todas las demás. Utilizó el antiguo reino de Edom, como comparación, así como las figuras de Jacob, antiguo patriarca hebreo, nieto de Abraham, y Esaú, al cual el Señor aborreció a favor del primero.
La historia nos cuenta que aunque los edomitas trataron de reconstruir sobre sus propias ruinas, Dios frustró sus esfuerzos. Por otro lado, Israel sería restaurado, y aunque la restauración completa ha tardado en llegar, será una realidad y la nación dará testimonio de la gracia de Dios para gobernarlos, tanto desde dentro, como más allá de sus fronteras.
Dice el versículo 6 de este capítulo 1 de Malaquías:
"El hijo honra al padre, y el siervo a su señor. Si, pues, soy yo padre, si, pues, soy yo padre, ¿dónde está mi honra? y si soy señor, ¿dónde está mi temor? dice el Señor de los ejércitos a vosotros, oh sacerdotes, que menospreciáis mi nombre."
Malaquías se refiere primero a los sacerdotes, porque ellos debían ser los que dieran ejemplo de una vida íntegra hacia Dios. Pero, en lugar de esto, ellos eran los primeros en menospreciar el Santo nombre del Señor, aunque su pregunta permite entrever el sarcasmo de Malaquías, pues está formulada de manera que parece una negación de su malvada actitud hacia Dios.
Resulta importante recalcar aquí que en este y en posteriores versículos, la afirmación de un amor incondicional del Señor no sirve para absolver de culpa, y por eso Malaquías pronunció esta acusación contra los sacerdotes, los supuestos líderes espirituales de la nación. Les demostró, como veremos más adelante, que habían desdeñado los sacrificios a Dios, su gloria y su ley.
"En que ofrecéis sobre mi altar pan inmundo."
Eso era lo que ellos estaban haciendo. La mención de un pan inmundo hace referencia a los sacrificios de animales, tal y como lo expresa el siguiente versículo. Los sacerdotes ofrecían sacrificios que tenían impurezas y manchas ceremoniales, los cuáles habían sido expresamente prohibidos por Dios. Sin embargo, ellos no querían aceptar esto porque preguntaban:
"¿En qué te hemos deshonrado?"
De nuevo, los sacerdotes, sorprendidos y seguramente ofendidos con la acusación de Malaquías, cuestionaron con hipocresía esta denuncia e hicieron un evidente menosprecio a Dios ofrendando animales con toda clase de taras y defectos: cojera, ceguera, enfermedades, etc.
"En que pensáis que la mesa del Señor es despreciable."
Aquí se refiere a la mesa de sacrificios utilizada por los sacerdotes en sus rituales. Leamos todo el versículo 7 de este capítulo 1 de Malaquías para apreciar todas estas ideas en conjunto:
"En que ofrecéis sobre mi altar pan inmundo. Y dijisteis: ¿En qué te hemos deshonrado? En que pensáis que la mesa del Señor es despreciable."
Con sus viles actos de impureza y ausencia total de respecto y temor al Señor, convirtieron sus sacrificios en una ofensa para Dios, y el altar, en despreciable para Él. Ello demostraba una profunda ausencia de respeto y veneración por su oficio y por su Dios. Sus corazones estaban manchados de inmundicia. Continua diciendo el versículo 8 de Malaquías, capítulo 1,:
"Y cuando ofrecéis el animal ciego para el sacrificio, ¿no es malo? Asimismo cuando ofrecéis el cojo o el enfermo, ¿no es malo? Preséntalo, pues, a tu príncipe; ¿acaso se agradará de ti, o le serás acepto? dice el Señor de los ejércitos."
¿Por qué era tan importante ofrecer animales puros para ser sacrificados en el templo? Recordemos que en la época previa al cristianismo, los judíos debían realizar constantes sacrificios a Dios. Animales, vegetales e incienso eran diariamente sacrificados en el Templo por los sacerdotes. La Ley prescribía que debían ofrecerse los primeros frutos de la tierra y los primeros nacidos de los animales. Los sacrificios humanos, sin embargo, estaban expresamente prohibidos pues se consideraban una profanación del nombre de Dios. Ahora bien, existían numerosas regulaciones en cuanto al sexo, edad, raza y características de las víctimas, pero el criterio preponderante era que todo, siempre, debían ser perfecto, sin mancha o malformación alguna, pues la idea subyacente es que Dios merece sólo lo mejor.
Los sacerdotes de la época de Malaquías estaban contraviniendo, de manera reiterada y voluntaria, la normativa de pureza ritual, demostrando así una desidia por su labor y un desprecio hacia Dios.
Para comprender mejor esta situación imaginémonos lo siguiente, y quizá entre nuestros oyentes alguien esté pensando en este preciso instante: "Bueno, jamás he llevado a un animal enfermo para ofrecérselo a Dios en sacrificio". Notemos que, con un fino sentido del humor, Dios dice aquí: "¿Por qué no toma usted esa vaca enferma y se la entrega a la Agencia Tributaria como pago de sus impuestos?" Dios dice: Preséntalo, pues, a tu príncipe; ¿Acaso se agradará de ti, o le serás acepto? Es una buena pregunta.
Una vez más encontramos que la Palabra de Dios sigue resultando absolutamente válida hoy en día y aplicable a nuestras vidas. Porque de lo que estamos hablando aquí es de pureza y santidad. Es lo que los cristianos denominamos "santificación", que es el proceso por el cual un cristiano vive cada día más santamente, porque quiere reflejar y parecerse cada día más a Cristo.
La Biblia dice que los que hemos nacido de nuevo, es decir, los que hemos aceptado y creído por fe que Jesús es el Hijo de Dios, que vino a este mundo para morir por nuestros pecados y así salvarnos de la muerte eterna, comenzamos a andar un nuevo camino en el que diariamente nos enfrentaremos con problemas, a pruebas y dificultades que pondrán a prueba los cimiento de nuestra fe. Aún así, hasta el mejor de los cristianos, es un santo que peca, pues sólo en el cielo podremos culminar este proceso de ser perfectos como Cristo. Y por ello, el mejor de los hombres, sea o no cristiano, siempre tendrá pequeñas manchas impuras, pequeñas faltas, que ensucian su nombre y su moralidad. Y esos pequeños defectos, insignificantes ante los ojos de los hombres, constituyen, a pesar de su tamaño, una ofensa para Dios, que siendo Santo y puro, no puede aceptar nuestros sacrificios hacia Él.
Por ello, por buenas que sean nuestras obras, nunca serán lo suficientemente buenas para salvarnos. Por eso decimos que la salvación se obtiene como un regalo, sola y exclusivamente por la fe en Jesucristo, y nunca por nuestros propios esfuerzos, sacrificios o méritos.
Hace unos 2.500 años, Malaquías se enfrentó con el mismo problema: comunicar a unas personas que se creían santas y puras que sus sacrificios ocultaban pequeñas manchas o defectos que constituían una afrenta hacia un Dios perfecto, Santo y Puro. Afortunadamente, hoy en día los cristianos no tenemos que realizar sacrificios de animales, pues este hábito se terminó cuando Jesús fue sacrificado por todos nosotros. Sin embargo, bien es cierto, que si hoy en día Malaquías entrase en cualquiera de nuestras iglesias, volvería a ver esas pequeñas manchas y defectos que ensombrecen nuestras vidas y nos roban el gozo de vivir una vida cristiana plena, saludable, feliz y transparente.
¿Cuáles son sus manchas, estimado oyente? ¿Qué defectos hay en su vida que le están robando disfrutar de una relación más íntima y perfecta con el Señor? Tal vez hoy Malaquías está anunciándonos el mismo mensaje que los sacerdotes judíos escucharon 2.500 años atrás.
Leamos nuevamente el versículo 8 del primer capítulo de Malaquías:
"Y cuando ofrecéis el animal ciego para el sacrificio, ¿no es malo? Asimismo cuando ofrecéis el cojo o el enfermo, ¿no es malo? Preséntalo, pues, a tu príncipe; ¿acaso se agradará de ti, o le serás acepto? dice el Señor de los ejércitos."
Malaquías lanzó aquí una acusación directa a los máximos dirigentes espirituales de su nación: los sacerdotes se habían atrevido a ofrecer a Dios lo que su príncipe o gobernador jamás habría aceptado como pago de sus impuestos. Tenían, de hecho, más temor al rechazo de su príncipe, que al de Dios.
Y nuestra reflexión es la siguiente: ¿Le está dando usted al Señor, a Dios, un "animal enfermo", mientras que a su comunidad, a su país, al gobierno de la nación y a su trabajo le está pagando, o devolviendo, con lo mejor que usted tiene? No deseamos molestarle con esta pregunta pero, como ya habrá notado, la Biblia es, en ocasiones, un libro sumamente "molesto", debido a sus preguntas claras, directas y honestas.
Si usted desea entregarse a la lectura de un libro mucho más complaciente, entretenido, divertido, menos provocativo y más tolerante ... le sugerimos a que no lea la Biblia, sino los Grandes Clásicos Populares, el último Best Seller, o quizá un buen Manual de Auto ayuda. Pero no lea la Biblia. Porque la Biblia, estimado amigo, no ha sido por casualidad el libro más vendido, más difundido, más atacado y más perseguido de la historia: porque es un libro que molesta e incómoda al ser humano en tanto en cuanto que le recuerda que hay alguien que le ama más que nadie (Dios, su creador), que la vida tiene un comienzo y un final, y que sólo si usted acepta creer por fe en Jesús, como su Salvador personal y el Señor de sus vida, podrá disfrutar de una vida eterna en compañía de Dios, con Jesucristo, sus ángeles y todos aquellos que han tomado la misma decisión que usted.
El Señor Jesucristo, cuando observó lo que la gente estaba ofrendando en el tesoro del Templo, vio cuánto daban los ricos "generosamente" de aquello que les sobraba. Pero Él no los aplaudió, ni felicitó. Él no los elogió debido a que ellos también se guardaban mucho más para sí mismos. Y a continuación, Jesús vio a una pobre viuda que, acercándose a la caja de las ofrendas, dio todo lo que tenía, sólo dos monedas, las dos de menos valor en aquella época. Y para el Señor Jesucristo esas dos monedas significaron mucho más que las ofrendas anteriores, pues había sido realizada de todo corazón y entrega. Y Él dijo que esta pobre viuda había dado mucho más que cualquier otra persona.
Ese era el problema de los religiosos hipócritas de la época de Jesús, el problema de los sacerdotes de los tiempos de Malaquías, y el problema que hoy tenemos en bastantes iglesias: que ofrendamos al Señor sólo del tiempo, del dinero y de los recursos "que nos sobran". En lenguaje de Malaquías, ofrendamos animales manchados y enfermos, esperando que Dios, que merece lo mejor de todos nosotros, los acepte contento y agradecido, como si realmente fueran lo mejor que podríamos haberle dado.
Alguien, en tono poco "serio" comentó en alguna ocasión que la billetera y sus tarjetas de crédito son lo último que uno entregaba a Cristo. Porque, si hay algo que aún nos duele, es dar dinero a otra persona, o a la iglesia. Y hasta que no aprendamos que nuestra actitud debe ser como la de la pobre viuda, que dio todo lo que tenía, en vez de dar de aquello que le sobraba, no habremos comprendido una parte importante de nuestra vida como cristianos. Nos faltará mayordomía o capacidad para administrar responsablemente los bienes con lo que el Señor nos bendice, aquello que Él nos permite disfrutar, y que Él nos ha confiado para su correcta administración. Y con ello perderemos parte de las bendiciones que Dios tiene para nuestra vida.
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